Había estado muchas veces cerca del Salón Los Ángeles, pero nunca pasé por enfrente siquiera. Estaba a un par de cuadras de llegar cuando olvidé el nombre de la calle sobre la cual tenía que girar; pero antes de poder sacar la libreta donde tenía la dirección apuntada, fui testigo del encuentro de una pareja.

Por su vestimenta, pude adivinar que teníamos el mismo destino y ya no hizo falta sacar la libreta para corroborar la dirección. Caminé discreto detrás de ellos y entonces alcancé a oler el humo de quienes habían hecho una pausa para fumar.

Escuché hasta el cansancio “Quien no conoce Los Ángeles, no conoce México”, y ahí estaba mi bienvenida, el gran letrero de aluminio que por las noches se ilumina de rojo neón y sólo dice:

Los Ángeles. Mucho gusto, México.

Salón

©ActualMx / Aldo Mejía

Quería que mi primera visita al reconocido salón fuese algo especial, en un día importante, y así crear un recuerdo digno del cual escribir. Unas 10 horas antes eché un vistazo a su página de internet en busca de algún evento futuro, pero me encontré con que todos los martes sin falta hay danzón, y la entrada sólo cuesta $ 50. Bien valía la pena ir ese mismo día cuando menos a echar un vistazo.

Según me informaron, esa noche habría gente de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, como invitados especiales. Se les dispuso un lugar especial, lejos de la pista de baile, en la parte derecha del salón, porque serán especiales, pero hay jerarquías.

Para los que son asiduos al lugar, cualquier día en el que se pueda ir a bailar, es un día especial. Se visten de manera elegante, aunque claramente no es de gala, pues no calzan esos zapatos de colores brillantes, y hasta excéntricos, de los cuales se pueden ver algunos pares exhibidos en una vitrina a un lado de la entrada, como si de trofeos se trataran.

Pasados unos 15 minutos desde mi arribo, la Orquesta Antillana de Arturo Núñez sube para tomar un segundo turno y mientras saludan a quienes recién llegamos todos van en busca de sus parejas.

Los hombres se levantan primero de su asiento
y ofrecen su mano a quien les acompaña, en una lección de galantería.

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Sin embargo, ellas también toman la iniciativa. Una señora, que todavía no es candidata a obtener la tarjeta que le permita el acceso gratuito al metro, se acerca con un hombre mucho mayor. Con entusiasmo le sonríe y también le extiende la mano invitándolo a que la conduzca por la pista de baile. Y llegan justo a tiempo, cuando la orquesta empieza a entonar «Cascarita de limón», del Son Clave de Oro.

Con cada movimiento las parejas despiden un aroma riquísimo, como si los perfumes de ambos se pusieran a bailar también. Los de ellas son delicados y florales, mientras que los de ellos son más robustos, como olor a madera; alcanzo a distinguir a otros que combinan dulce y ahumado.

Al centro de la pista, hay dos parejas que sobresalen, tanto por su forma de bailar como por su apariencia. Se adueñan del espacio que ocupan. Se mueven con estilizada desfachatez. Atraen las miradas de los mayores. Son el «cómo te ves me vi». Son los herederos del baile; la esperanza de que el salón asegure al menos otra generación de vida.

La orquesta así como termina una canción empieza la siguiente, porque el tiempo apremia. Suenan imponentes las trompetas de El caballo y la montura, y quienes se van a incorporar a la pista lo hacen como si de una alberca se tratase: primero meten un pie y dan un paso hacia adelante y, de repente, en vez de un clavado, dan un intempestivo giro, extienden el brazo y atrapan la mano de quien les ha de acompañar en la inmersión.

Luego de 50 minutos termina el turno de la orquesta, y apenas sueltan su última nota, el sonido del salón sube el volumen a un mambo y:

Algunos se quedan para demostrar que
al son que les toquen, bailan.

Salón

©ActualMx / Aldo Mejía

Pero cuando El Príncipe Felipe Urban y su Danzonera toman su lugar en el escenario, sólo unas pocas parejas, ataviadas en trajes como los que se ven en la Plaza de la Ciudadela, se quedan en la pista para recibir a su majestad el danzón.

Comienza a sonar la pieza dedicada a Veracruz y sonríen gustosos, como quien espera toda la comida para llegar al postre. Marcan la distancia entre sus cuerpos y se mueven al vaivén del ritmo en cuatro tiempos y forman un cuadro imaginario con sus pasos.

Los 50 minutos que le correspondían a la orquesta se van volando. Y de nuevo el sonido evita que alguien se siente. Apenas terminan de agradecer, cuando suena el estridente e inconfundible acordeón de «Cómo te voy a olvidar» de Los Ángeles Azules.

Una mujer a la que los años la obligaron a encorvarse un poco, abandona su silla y se pone a bailar frente a su acompañante, mientras le sonríe traviesa y le llama a levantarse de su lugar.

Cuando termina esa primera canción, alguien toma el micrófono y les hace saber a los presentes que, por esa ocasión, el horario del salón se extenderá hasta las 11 de la noche. Todos aplauden, indiferentes al hecho de que sea martes.

No es que no tengan responsabilidades,
pero con la vida ya cumplieron.

Por: Aldo Mejía.