Llegas a tu oficina, malhumorado por el tránsito. De repente, un colega te saluda optimista. Sonríes, y te das cuenta que tu humor cambió. Por otro lado, estás contento, y a tu lado notas que alguien está triste. Después de un rato tú también lo estarás. Este fenómeno tan cotidiano es conocido como contagio emocional.

El contagio emocional es un proceso imperceptible y sutil, que ocurre cuando se emiten señales que afectan a las personas del entorno.

Según Daniel Goleman, en nuestro cerebro existen un grupo de neuronas que funcionan como una especie de “wifi neuronal” que se conectan con otros cerebros, reflejando en nosotros lo que vemos en los demás.

Estas neuronas espejo, cuando se activan, ponen en funcionamiento los mismos circuitos cerebrales que los que están activos en la persona observada. De este modo experimentamos la emoción como propia, aunque no la «elaboremos». Que se te pegue un sentir se produce en la interacción con otros. De hecho su hilo conector es la empatía; sin embargo, aunque existen similitudes, la empatía es diferente.

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La empatía es colocarse en el lugar del otro, tener en cuenta su perspectiva sobre la vida y sus sentimientos, sin deshacernos de los propios, en un ejercicio de compresión profunda. El contagio emocional es apropiarse los sentimientos de los demás, sin saber cómo desprenderse de ellas y sus consecuencias.

Empatía no es contagio emocional. Empatía es como sumergirse en agua, el contagio emocional es como beberse el agua.

Esta transmisión es un proceso primitivo e inconsciente que actúa como parte de nuestra supervivencia. Mediante diferentes mecanismos desarrollamos formas de entrar en sintonía por la mímica de la expresión facial. Siempre que interactuamos con otros este mecanismo se pone en marcha.

En buena medida somos responsables de cómo determinamos los sentimientos de las personas con las que convivimos, tanto a nivel positivo como negativo, sostiene Goleman. En la pareja, con los amigos, en el trabajo, nuestras relaciones son afectadas por la forma en la que nos dirigimos al otro. Las emociones, a pesar de ser invisibles, se propagan como si fueran un virus.

Por: Fernando Aparicio.

Fernando Aparicio es psicólogo, terapeuta y acompañante de vida. Su recorrido incluye el trabajo en Recursos Humanos, educación y capacitación.

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